c. 1976[1]
Es verdad que el fenómeno del
oscurantismo no es algo exclusivo de nuestro tiempo ni circunscrito a la actual
América Latina. Pero lo es también que no asume en todas partes las mismas
características y que en cada tiempo persigue su propia finalidad. En el caso
nuestro, no hay duda ninguna de que la fuente de la persecución al pensamiento
y al derecho a vivir la libertad del espíritu es la dependencia de nuestros
países. Y esta es la razón por la que no podemos pensar en estos temas sino
dentro de la medida de una protesta antiimperialista.
Es evidente, de otro lado, que la
propia lógica de la represión lleva en su seno una dinámica hacia la
brutalización. No dejaría de ser una recurrencia expositiva el recordar aquel
salvaje “viva la muerte” que gritó Millán-Astray en España o buscar en la
psicopatología la explicación del grado de convicción con que aquellos
militares bolivianos cañonearon la universidad de La Paz en agosto de 1971.
Se nos ocurre, sin embargo, que
lo que importa en esta reunión no es tanto la filiación de los aspectos
mórbidos o las exultaciones primarias que adquiere la represión en cierto
momento sino el intentar perfilarla en su lógica racional, es decir, en su
composición política. Una legítima indignación cundía en el continente cada vez
que se intervenía una universidad, cada vez se alteraba su vida autónoma,
aunque el hecho se ha ido haciendo una tan triste rutina de nuestro proceso
institucional. Pero eso ocurría porque no figuraba en las posibilidades de
nuestra imaginación que se pudiera bombardear por aire y tierra una universidad
en la que estuvieron refugiados cientos de estudiantes indefensos. Y, si nos
aproximamos en el tiempo, recordemos el momento en que el mundo vio con
perplejidad la instalación sistemática, diríase científica si ello no ensuciara
la palabra, de la tortura en el Brasil. Pero eso ocurría porque no había nadie
capaz de suponer que pudiera llegarse a los asesinatos en masa que se
conocieron después en Chile. Hay pues un proceso de generalización, de uniformación
y de profundización de la barbarie represiva en este continente.
El conjunto de acontecimientos
tales tiene un hilo conductor que es, en verdad, eso que se ha llamado la
fascistización de la América Latina, la ejecución de un plan político de
envergadura continental que ha sido concebido y organizado por quienes son los
amos de esta tierra y para quienes el desarrollo de la libertad de la América
Latina es, precisamente, un riesgo que no se pueden permitir ni siquiera en la
manera esporádica, limitada, en que había existido hasta no hace mucho tiempo.
Estamos pues ante un desafío histórico concreto que no se puede responder con
inconcretas postulaciones académicas.
El papel de las universidades
está unido de un modo más bien esencial a la cuestión de la reproducción de la
civilización. En el grado de desarrollo que ha obtenido el mundo, el hecho de
la civilización no es algo que esté garantizado por sí mismo y es evidente que
no se repite automáticamente junto a la mera sucesión de las generaciones, como
podía ocurrir en otras formas anteriores más rudimentarias. Aquí se trata ya de
un acto consciente propio de hombres libres. El capitalismo como tal, como modo
de producción, necesita de un tipo de aparatos ideológicos y científicos, como
los que configuran la enseñanza en todos sus niveles, para reproducirse como
capitalismo y ello ocurre, con tanta más razón, en el socialismo. Pero no se
puede reproducir civilización sin crearla a la vez y, así, en la transferencia
de las adquisiciones culturales de una generación de los hombres a la otra,
están implícitos su enriquecimiento y su expansión.
Hay un tipo de silogismos
bárbaros que no piensan en la universidad sino como un adorno accesorio del
desarrollo material de la sociedad y es una desgraciada realidad que se trata
de razonamientos tanto más frecuentes cuanto más atrasado sea precisamente el
desarrollo económico de esa sociedad.
Pero es algo que no se puede
reivindicar sino desde un punto de vista extremadamente rudimentario; algo que,
en sí, no requiere de expresa refutación. Está en la naturaleza de las cosas el
saber que el grado de civilización de un país se mide por el nivel alcanzado
por sus universidades y por el papel que cada sociedad asigna a sus
universidades, por el rol de preminencia o supeditación que les asigna.
Una cultura, empero, no puede
crearse ni reproducirse por decreto y, por eso, el siglo entero en la América
Latina está signado en gran medida por las luchas que ocurrieron en torno a la
instauración y el mantenimiento de la autonomía universitaria. Ahora bien,
esta, la autonomía universitaria, junto al sufragio efectivamente libre, junto
a los sindicatos y los partidos políticos, junto a la participación máxima de
los hombres en el ejercicio y la formulación del poder, son instituciones que
componen este sistema que conocemos como democracia burguesa o democracia
representativa. ¿Por qué decimos, sin embargo, democracia burguesa y no, a
secas, dictadura de la burguesía? Porque aquí los propios sectores dominados
participan en algún grado en la formación del poder que asumirá la dominación
por parte del sector dominante; porque los propios explotadores se ven en la
necesidad y la conveniencia de expresar en cierta medida los propios
requerimientos de los explotados, es verdad que para perfeccionar sus
dominación pero, a la vez, en una interacción, dando lugar a la organización y
la manifestación de los explotados. Porque, aquí, todavía la burguesía no juega
un papel oscurantista, no se ha entregado aún a eso que se llama la “conciencia
oscura”, y su dominación de clase se realiza a través de un cotejo democrático
que, aunque manteniéndola y en importantísimos aspectos desarrollándola, sin
embargo permite un desarrollo más o menos general de la democracia. Esto mismo
pertenece a las raíces de lo que es un auténtico desarrollo capitalista.
Después de todo, el capital en cuanto tal se basa no en la explotación de un
hombre jurídicamente sometido sino en la explotación de un hombre jurídicamente
libre. Es el trabajo del hombre libre llamado proletario el que genera la
plusvalía y es la libertad de este hombre la que explica como última ratio el
que las fuerzas reproductivas se hubieran desarrollado en el capitalismo como
jamás en ninguna otra formación social del pasado.
De esta manera, la democracia
burguesa completa en la superestructura la labor que está cumpliendo el modo de
producción capitalista en la base económica y, por eso, al margen de la
implantación de la democracia, es dudoso o incompleto hablar de la formación de
naciones en sentido moderno y así de todos aquellos aspectos, como Estado
nacional o mercado interno, etc., que son o deben ser los fundamentos de este
tipo de desarrollo. En este sentido, es válido afirmar que el grado de
democracia burguesa vigente es la medida en que existe un eficiente y verdadero
desarrollo de tipo capitalista. Puede decirse, a la vez, ya dentro de tal
razonamiento, que la autonomía universitaria lo mismo que la participación de
las mujeres, lo mismo que la libertad y la organización de los obreros y de los
campesinos, de la masa del pueblo en general, la vigencia de los partidos
políticos, son auténticos indicadores no sólo de la medida en que existe la
democracia sino también de la medida en que se ha desarrollado el capitalismo
en un país.
Desde este punto de vista,
parecería que la democracia burguesa se localiza en torno a los intereses de la
burguesía y eso es innegablemente cierto, por lo menos en tanto se trate de una
verdadera burguesía. Pero este es sólo un aspecto de la cuestión. Puesto que la
democracia burguesa es lo máximo que ha logrado la burguesía como modo
colectivo de vida civilizada, por tanto la democracia burguesa es también la
ilustración de cuanto de civilización, de progreso y de autonomía sea capaz de
crear la burguesía de cada país. Porque si el contenido de la democracia se
interrumpiera sólo en el momento de los intereses de la burguesía, no tendría
ninguna diferencia con la dictadura llana y desnuda de dicha clase. Pero todos
sabemos que la democracia sirve a la vez a los intereses de los oprimidos y,
precisamente, lo que estamos viviendo en nuestro continente es que, en
determinadas condiciones, la democracia sirve aún más a los intereses de los
explotadores que a los intereses de los explotadores. Sencillamente, el atraso
y la dependencia de nuestras burguesías las está llevando a sacrificar su
propio porvenir capitalista a objeto de asegurar la dominación de las
burguesías de los países centrales; estas burguesías acaban por renunciar a sus
propios fines civilizadores.
Fue Lenin quien escribió, en un
momento decisivo de la historia rusa, que “quien quiera ir al socialismo por
otro camino que no sea el de la democracia política, llegará infaliblemente a
conclusiones absurdas y reaccionarias”. Nos bastaría, en efecto, pensar de
dónde salieron todas las conquistas de la clase obrera, del campesinado, todas
las auténticas reivindicaciones populares y nacionales que se han obtenido en
nuestros países. Por el contrario, el restaurar la importancia que tiene la
democracia política para el adecuado desarrollo de los movimientos populares y
nacionales es una tarea fundamental en nuestro momento histórico, precisamente
porque se trata de un aspecto que se tiende a omitir por las más diversas
razones. Es, en verdad, desconcertante advertir el grado en que están los
enemigos de estos países obsedidos con la idea –y aplicados a la práctica– de
la supresión de la democracia política en la misma proporción en que ello suele
ser obviado, postergado y minusvalorizado por los sectores populares de estas
naciones.
Y es que las fuerzas realmente
determinantes en esta área del mundo no están interesadas en la dominación de
la burguesía en general ni mucho menos en la democracia burguesa ni siquiera en
el desarrollo del capitalismo en general. Lo que ellas se proponen es un
determinado tipo de capitalismo, la existencia de un capitalismo dependiente,
con su correlato de Estados dependientes, de culturas dependientes y de clases
dispersas e inermes. Es, por cierto, en la presencia del imperialismo donde
debemos encontrar la clave de lo que ocurre en nuestros países. Son esas las
fuerzas que se oponen a una modernización real del Estado, aunque ella tenga un
contenido tan claramente extraproletario como ocurre en el Perú. Son ellas las
que emiten de inmediato amenazas en cuanto se intenta recuperar riquezas
naturales, como intentan hacer los regímenes de Venezuela y Panamá, aunque esté
tan a la vista de que se trata de medidas que no encajan dentro de una
estrategia socialista. Son ellas, por último, las que advierten que el
desarrollo de la democracia no puede sino concluir a la vez en un avance
acelerado de las organizaciones populares, como ocurrió en Bolivia, en Chile,
en la Argentina, como ocurrió asimismo en el Brasil, en el régimen que
antecedió a la dictadura, y en el Uruguay. Pública y concretamente, los
gobernantes de Estados Unidos se arrogan la misión de controlar policial,
militar y económicamente la democracia de estos países y de dar las normas para
todos los aspectos de nuestra vida, trátese de la vida económica o de las
políticas demográficas. ¿Qué duda puede caber entonces de que se trata de una
agresión que incumbe tanto a los socialistas como a los demócratas en general,
a los obreros como a los universitarios?
Se trata pues de una interrupción
sistemática del devenir de nuestra histórica, que no tarda en proyectarse a los
niveles de la cultura. Si tomamos, a guisa de ejemplo solamente, la cuestión de
la llamada dependencia tecnológica, un problema harto dramático en el
desarrollo económico de continente, veremos que es algo que no se puede encarar
sino desde instituciones autónomas, auspiciadas y protegidas por Estados que
persigan fines igualmente autónomos. Hay, sin duda, obstáculos estructurales
realmente considerables para luchar por un margen razonable mínimo de no
dependencia en materia de tecnología, pero lo son tanto más, se muestran más
considerables, en tanto cuanto la conciencia de la dependencia y la lucha
contra ella son requisitos para el principio de ruptura del obstáculo.
Universidades en confrontación con el propio poder político de su país,
universidades que con frecuencia dependen del financiamiento de los países
centrales no son las más indicadas para comenzar una tarea ardua, que fatigará
a las generaciones de mucho tiempo.
En este aspecto como en todos los
demás de la cultura se demuestra hasta qué punto el imperialismo, que es el
momento superior que ha logrado la sociedad burguesa como expansión de los
países centrales, está ahora en una fase desatadamente oscurantista; en qué
medida aquella misma clase –la burguesía– que se formó en la Ilustración y en
el Iluminismo, es ahora una clase de conciencia oscura, una clase cuyos
intereses ideológicos no están ya en el conocimiento de las cosas sino en que
las cosas no sean científicamente conocidas.
La existencia de universidades
autónomas, en efecto, garantiza la libre circulación de los conocimientos, la
interpretación de las tendencias y la destrucción del falso pensamiento. La
lucha de las escuelas del pensamiento, el sentimiento de la opción intelectual,
la natural influencia que se ejerce sobre las universidades desde las fuerzas
sociales que están fuera de ellas y la que la universidad ejerce en devolución
sobre aquellas, todo ello hace un conjunto creador que no puede sino ser
favorable para la sociedad en que existe. Pero está lejos de ser un
conocimiento gratuito. En países como los nuestros, es un proceso que no puede
sino conducir al autoconocimiento de la sociedad y, por consiguiente, a la
conciencia de la explotación que se sufre sea como naciones, sea como clases
sociales, a una conciencia que es inevitablemente antiimperialista.
Es contra ello que se interviene
cuando se corta el decurso autónomo de nuestras universidades. Aquí, por
fuerza, el intelectual, el técnico, el científico, no importa con qué grado
preciso de conciencia subjetiva, sin embargo se convierte de por sí en un arma
de defensa de su país y es eso lo que se trata de evitar. El oscurantismo
necesita de un tipo de conocimiento subordinado y envilecido, una formación que
conduzca a la aceptación de las cosas y no a su controversia. Necesita, en
suma, una escuela para sometidos y para agentes de la dominación extranjera.
Es verdad que si queremos hacer
un cuadro coherente acerca del papel de las universidades con relación al
contexto social latinoamericano, debemos estar conscientes también de los
peligros del ser universitario, conscientes de lo destructivo que puede
resultar aquello que se ha llamado el mesianismo universitario. La universidad
no puede ser una isla pero tampoco una capilla ni un centro ofertorio, ni es el
bureau llamado a dirigir las clases ni tiene el monopolio de la conciencia. Su
grandeza, por el contrario, es la grandeza de su sociedad y sus miserias son
fruto de las miserias del lugar donde está. Los universitarios, qué duda cabe,
intelectuales, técnicos, científicos, tienen un papel fundamental en la
construcción de la conciencia colectiva y es incuestionable que el grado más
atroz de la explotación es aquel en el que se es explotado y no se sabe que uno
lo es. ¿Quién puede dudar de que la ignorancia es la base más común de la falta
de perspectivas con que con tanta frecuencia parecemos encontrarnos? Pero
cualquiera que vea las cosas con adultez puede asumir muy fácilmente el hecho
de que es muy distinto rescatar hasta el fondo el valor de la universidad como
escenario democrático, como centro civilizatorio, que otorgar por fuerza y por
elitismo a los universitarios en abstracto el papel de dirigentes de los movimientos
democráticos. El papel de los intelectuales consiste en servir a los explotados
pero no en sustituirlos, porque la liberación de los explotados es algo que
concierne a los explotados mismos, cualquiera que sea la importancia de que
ellos reciban la conciencia de su explotación o parte de esa conciencia a
partir de su fusión o de su intercambio con los intelectuales democráticos.
En cualquier forma, al poner fin
a estas breves notas de iniciación de nuestras discusiones, nos parece que
debemos hacer hincapié en el aspecto de la particularidad de nuestro momento
histórico y de la particularidad de nuestros deberes con relación a este
momento histórico. No es lo mismo el papel de los universitarios ante una
situación más o menos normal que ante una fase tan atormentada, compleja y
preñada de peligros como la actual.
Los dueños del mundo se han
sentido en peligro. Como toda clase que siente que sus intereses están acosados
no ya por el gesto visionario de un círculo profético sino por el cuerpo mismo
de la masa de la historia del mundo, reaccionan con toda la ferocidad de que
pueden disponer. No estamos ante un enemigo tranquilo, sino ante el desasosiego
de un enemigo poderoso como ninguno otro en la historia de este planeta. Por
eso mismo, sus dirigentes están lejos hoy más que nunca de cobrar conciencia de
la hipotética moralidad que debió haber acompañado a tal poder inigualado. Hay
una suerte de degradación moral que parece haberse apoderado de sus espíritus
de un modo definitivo. Es un ejemplo de “conciencia oscura” como difícilmente
encontramos en otro lado. ¿Qué habrá pensado, por ejemplo, el señor Kissinger,
miembro al fin y al cabo de un pueblo arrasado con crueldad inaudita, ante los
hechos que él mismo ha colaborado a racionalizar? Ante las fosas comunes de
Chipre, ante los miles de fusilados de Chile ¿no habrá recordado a Auschwitz?
Pero en Auschwitz no se masacró a los judíos sino a la raza humana en su
conjunto, a la civilización. ¿Cómo se reacciona empero frente a los nuevos
Auschwitz? Con una lógica de puro poder. Allá donde sea necesario haremos lo
que sea necesario. Hitler también pensaba que Auschwitz era necesario en la
manera en que sucedió.
Estamos pues ante un mundo feroz
y no podemos detenernos a determinar cuál es el mejor modo para que florezca el
jardín nuestro cuando se incendian los hombres en su contorno. ¿Por qué razón
se iba a detener esta política en las puertas de nuestras universidades? ¿Quizá
porque hay alguna sensibilidad acerca de la cultura latinoamericana? ¿Quizá
porque se respeta lo que hemos conquistado como civilización, como libertad,
como carácter nacional?
Por consiguiente, consideramos
que buscar la salvación de las universidades en sí mismas y por sí mismas sería
una tontería muy criticable. No hay ninguna razón para hacerlo y hoy como nunca
está claro que las universidades deben sentirse, por derecho pleno, partes del
proceso democrático, como víctimas del proceso de fascistización, que no ha
concluido, no se ha consolidado y no triunfará sino en la medida de nuestra
cobardía o de nuestra indiferencia. Deben los universitarios sentirse agredidos
junto a los obreros, junto a los campesinos, junto a las enteras naciones
invadidas por un poder bárbaro y sin entrañas. Pero es verdad que es ya un
galardón verdadero para nuestras universidades el estar perseguidas en el mismo
momento en que lo están sus pueblos.
[1] [Original mecanografiado del
discurso de apertura de un congreso. Por las referencias (entre ellas, e.g., al
proceso de nacionalización del petróleo en Venezuela), se puede imaginar el texto
como de, circa, 1976].

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